Diagnóstico: infoxicación

No sé si alguna vez se han sentido tremendamente pesados tras un intenso almuerzo, puede que los excesos gourmet propios de estas fechas les refresquen la memoria; cansancio, el estómago lleno, la barriga hinchada a lo Obélix style, e incluso mareos y fatiga, son algunos de los síntomas.

Algo muy parecido experimentamos en el gran banquete que la sociedad de la información nos damos cada día en el bufé libre de Internet sin necesidad de “pulsera todo incluido”. Deténgase a pensar o tiren de “móvilteca”, en el número de mensajes tradicionales o vía whatsapp, correos electrónicos, vídeos, audios, o imágenes que han recibido estos días previos a la Navidad y que continuarán llegando a sus dispositivos hasta el día de la Epifanía. Muchos de estos mensajes multimedia, por no decir la mayoría, salvando el Belén formado con las latas de Coca-Cola o los miles de memes creados a raíz del “archituneado” anuncio de Lotería de Navidad, son los mismos de años anteriores, revisados, retocados, o versionados, pero sin duda, menos originales y repetidos, muy repetidos, y sobre todo, demasiados.

Desconozco la capacidad memorística de sus terminales pero la del mío es limitada y me he dado cuenta de que también es selectiva porque borra lo que le apetece cuando estima oportuno. Esta capacidad de frío descarte de una máquina, detrás de la que habrá sin duda una razón en forma de algoritmo, no la tenemos los humanos, al menos de momento. Consumimos voluntaria e involuntariamente a diario, cantidades ingentes de información sobre un mismo hecho, también con sus miles de versiones meme, sin poder discernir en muchas ocasiones los contenidos de calidad de aquellos que son como la comida basura: saciantes pero poco o nada nutritivos.

Terminamos por diagnosticar la enfermedad que aqueja a millones de ciudadanos de todo el mundo: infoxicación o sobrecarga informativa, sobre la que se discutió en el recién celebrado V Congreso Internacional Latina de Comunicación Social en la Universidad de La Laguna, en Tenerife, y al que varios investigadores de Loyola Andalucía, tuvimos la oportunidad de asistir. En este evento bajo el nombre “La sociedad ruido. Entre el dato y el grito”, y la idea de que las redes nunca duermen y la enunciación es incesante, nos planteamos extrapolar esta reflexión a la Ciencia en general, donde también existe el ruido.

Hace unos días, leíamos entre sorprendidos y aliviados, el plantón que Randy Schekman el último Premio Nobel de Medicina anunciaba a tres editoriales científicas “por la distorsión de la información que publican”. En la noticia publicada por el periódico El País, Schekman anima a la comunidad científica a seguir esa vía, para poder “enmendar muchos problemas de la comunicación científica en un solo movimiento”. En definitiva, necesitamos como demanda el galardonado, más rigor en la información de cualquier carácter y que quienes elaboran los mensajes tengan vocación de servir a la sociedad para que ésta, no muera “infoxicada”. Informar –informar bien- es un lujo y un privilegio, pero sobre todo, es nuestra obligación y nuestra responsabilidad.

Autor

Paula Herrero

Periodista. Investigadora de la Universidad Loyola Andalucía - pherrero@uloyola.es

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