Cuando escribir se convierte en un oficio.

Cuando escribir es un oficio

“Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio”.

Con estas palabras comenzó el escritor Antonio Muñoz Molina su discurso en la entrega de los premios Príncipe de Asturias 2013. No sé si habéis tenido oportunidad de escucharlo o leerlo completo: a mí, personalmente, me emocionó. Me pareció de una gran belleza (y de una gran decencia también).

Dijo muchas cosas interesantes, pero sus primeras palabras no pueden ser más acertadas. Seguro que muchos de vosotros habéis escrito en algún momento de vuestras vidas; es posible, incluso, que continuéis haciéndolo.

En todos los casos (en el mío, desde luego) nuestros primeros balbuceos literarios fueron un sueño, un deseo de trascender. Pero (y ahí Muñoz Molina da en la clave) para perdurar la vocación, se tiene que transformar en oficio. Y desempeñar un oficio exige un esfuerzo sostenido, una dedicación inefable, una práctica dolorosa y sublime a la vez.

Escribir: sentimientos encontrados

¿Sabéis una cosa? Cuando uno publica literatura tiene (yo tengo) sentimientos encontrados. Por un lado, una gran orgullo y un deseo enorme de, como dice el escritor de Jaén, satisfacer una de las necesidades humanas más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas.

Suelo decir que si mis historias consiguen que alguien disfrute unos minutos, que olvide sus problemas, que se identifique o proyecte sus deseos en algún personaje, ese instante, solo ese instante, habrá merecido la pena. Por otro lado, siento el vértigo del juicio público porque (también lo dice Muñoz Molina) en este bendito oficio no hay garantías: ni la experiencia, ni la entrega, ni el cariño puesto en contar nuestras historias.

Ahora trato de dar el paso más difícil: terminar un segundo libro (esta vez una novela, eso son palabras mayores). He querido sentarme en mi banco de carpintero, coger ese tronco informe e imaginar que dentro se esconde una figura que, quizá, solo quizá, puede ser más bella que la anterior. Os dejo, que tengo que retirarme a la tarea, a desempeñar mi oficio. Trataré de seguir los consejos de Muñoz Molina:

“Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad…”.

Autor

Juan F. Plaza

Docente e investigador en Comunicación. Profesor de Comunicación Escrita en la Universidad Loyola Andalucía, coordinador del Aula Literaria Loyola y escritor. Mi investigación está orientada al estudio de las representaciones de varones y mujeres en los medios de comunicación de masas. De vez en cuando, escribo para no odiar. Puedes seguirme en Twitter: @woodyplace y en mi blog juanplaza.es

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