Cristianos en la Universidad

No hay una manera ‘universitaria’ de ser cristiano y éste, sea cual fuere su ámbito profesional, ha de integrarse en la comunidad eclesial, sin fronteras y sin compartimentos estancos. Pero hay dos cosas fundamentales que la comunidad cristiana indiferenciada no puede hacer sin el universitario.

En primer lugar, hace posible la fe en el mundo de la ciencia, de la cultura, del progreso tecnológico. Es obvio que no existe una química cristiana, ni siquiera un derecho o una economía cristiana. Pero la historia está cuajada de ejemplos de cómo la Iglesia perdió el tren de la modernidad en numerosas ocasiones, sencillamente porque no aceptó la compatibilidad entre fe y ciencia, entre fe y cultura, o condenó a los creyentes que lo intentaron.

Hacer pensable la fe (y excluimos expresamente el adjetivo ‘razonable’ que no es aquí el adecuado) en el mundo moderno sólo es posible si hay cristianos que vivan su fe de manera integrada y vital, sin contradicciones insalvables, desde una aceptación, cordial y crítica a la vez, de los valores culturales de su tiempo. La Universidad, aunque no en exclusiva, constituye en la sociedad actual una de las encrucijadas decisivas que hacen posible y necesario ese encuentro.

Lo segundo que el cristiano universitario puede y debe hacer en cuanto tal es introducir un fermento crítico, desde sus convicciones evangélicas, en los valores vigentes en el mundo del saber. Ni la ciencia, ni la cultura, ni la tecnología, son éticamente neutros. Se habrá de comenzar por algo tan inmediato como poner en cuestión, desde dentro, las disfuncionalidades, ineficiencias e inmoralidades que puedan darse en la Universidad, como en toda institución humana.

Pero, más en profundidad, se debe hacer aflorar en medio de la selva de intereses en juego, para ponerlo en entredicho, cuanto de alienante para la persona, de explotador para el débil, de legitimador de injusticias, pueda existir en ‘la ciencia establecida’. ¿Acaso no hay mucho de ello tras la aparente ‘neutralidad’ científica de las diversas disciplinas? ¿No constituye a veces la propia Universidad un sólido aliado de algunas injusticias estructurales, perpetuando corporativismos y elitismos, racionalizando y justificando situaciones de opresión, o como mínimo de ineficiencia? Precisamente en esta segunda misión, que llamaríamos ‘crítica’ (o si se quiere ‘profética’), los creyentes han de unirse a todos aquellos, que compartan esa preocupación ética, vengan de donde vinieren.

Así, y salvo mejor juicio, concebimos la legitimidad de una presencia específica cristiana en la Universidad. Es lo que soñamos, entre otras cosas, para nuestra Universidad Loyola Andalucía.

Autor

Jose Juan Romero SJ

Sacerdote jesuita, doctor ingeniero agrónomo y profesor emérito de la Universidad Loyola Andalucía.

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