Fernando Arjona se dirige a los alumnos de la Universidad reflexionando sobre la Pasión de Cristo.

Contemplar la Pasión con otros ojos

La Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades es una realidad compleja. Confluyen en ella tantos aspectos que resulta muy difícil contemplar la Pasión de Cristo desde una sola perspectiva. Sin ánimo de ser exhaustivo, considero al menos una mirada desde el mundo de los sentidos, tan a flor de piel al estallar la primavera y para los que los desfiles procesionales son un auténtico deleite. También es posible, y conocemos excelentes estudios al respecto, asomarse a ella desde la óptica de la Antropología Sociocultural, la Sociología, la Historia, la Medicina, el Derecho Romano o la Economía, en cuanto que genera sustanciosos beneficios entre comerciantes y hosteleros y propicia múltiples oficios artesanos que aportan su buen hacer a los desfiles procesionales. No quiero olvidarme tampoco del modo de observar de los llamados “capillitas”, amantes de la estética cofrade a quienes no se les pasan detalles, estrenos o tradiciones. Y cabe también, evidentemente, una mirada religiosa, una mirada de fe.

Ciertamente esta dimensión no está presente en todos los que se acercan a la Semana Santa, es un fenómeno que hace ya tiempo excedió los límites de la Iglesia y no resulta raro encontrar personas no creyentes entre quienes despliegan alguna de las miradas que acabo de enumerar. Pero el testimonio radical de Aquél a quien representan las imágenes que procesionamos sigue interpelándonos. No podemos limitarnos a vivir interiormente el Triduo Sacro y renunciar a tener una palabra explícita sobre el Crucificado, mientras en una sociedad secularizada y cada vez más alejada de Dios ganan terreno quienes ven la Semana Santa de un modo diferente. Urge que, para nuestros contemporáneos, la Pasión de Cristo vuelva ser un verdadero anuncio del amor de Dios; urge recuperar el sentido catequético de la Semana Santa, donde cada creyente asuma la tarea misionera de facilitar el encuentro con el Señor.

En vuestro caso, conducir al Sepulcro a Cristo Yacente por las calles de Úbeda debe ser un grito que nada pueda callar, donde proclamemos hasta dónde llega la fidelidad de Dios con nosotros: hasta el extremo. Pero para ello hemos de detenernos, mirando de nuevo lo que año tras año recordamos quizá desde la rutina o la superficialidad, y preguntarnos qué aporta a nuestra vida. Es necesario dejar que el ser de Dios que revela la Pasión de Cristo vuelva a tocarnos el corazón.

Mirada religiosa

Dentro de esta mirada religiosa caben aún diferentes aproximaciones: se puede entender la Pasión de Crsito desde el recuerdo agradecido o desde la experiencia del propio pecado, necesitados de penitencia; o poniéndonos en la piel de los distintos personajes, y mirar desde sus ojos: los de María -la Madre y mujer de fe-, los de los Apóstoles, Judas, Pedro, o los del joven que huye de Getsemani; ver como las autoridades religiosas judías, Poncio Pilato o los judíos al pie de la cruz, que gritan “si eres hijo de Dios, baja y te creeremos”, asomarnos a ella como cualquiera de los ladrones, como Simón, el de Cirene, o la mujer Verónica, como las mujeres de Jerusalén… y, sin duda, cada perspectiva nos abrirá un mundo de reflexiones con que comprender lo desbordante de la entrega del Nazareno y el valor redentor de su sacrificio en la Cruz.

Faltaría, por último, otra perspectiva: contemplar la Pasión de Cristo desde la propia vida, implicándonos en ella con lo que cada cual vive en el momento presente. Se trataría de preguntarnos vitalmente por lo que veneramos en el silencio de las capillas o nos encontramos recreado en cualquier calleja una noche de luna llena, por si aportara algo de luz a nuestro día a día: ¿Lo que vemos en las andas, a nosotros, qué? ¿Es posible sacar alguna lección de esto para nuestra realidad más profunda? ¿En qué se diferencia que seamos cristianos o no a la hora de vivir nuestra propia “pasión”? ¿Qué pasa con los “viernes santos” de cada ser humano, cuando todo se oscurece y nada tiene sentido, cuando desesperados parece que Dios nos hubiera abandonado, creyendo –como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales [196]- que “la divinidad se esconde”? Frente a miradas espiritualizantes que, aunque tienen su sentido, nos dejan en nuestro propio mar de dudas, angustias, dolor y vacío al vivir nuestra propia calle de la amargura, es posible aprender de la Pasión de Cristo a cargar las propias cruces, y descubrirnos acompañados por Quien sostiene a Jesús en Gestsemaní y en el Calvario.

Como jesuita, conscientemente empleo ahora la palabra “contemplar, que en la espiritualidad ignaciana significa meterse en la escena, implicarse afectivamente en el relato evangélico, siguiendo unas indicaciones concretas: “mirar las personas, ver lo que hacen, oír lo que hablan… como si yo presente me hallase” nos dice Ignacio de Loyola [EE.114]. Y desde ahí, aprender de Jesús, descubrir el actuar de Dios, y reflexionar sobre mis propias experiencias de “pasión” desde la fe en la Resurrección.

La Semana Santa no puede ser el recuerdo fúnebre y trágico de un acontecimiento que acabó mal, sino la mirada de fe de quienes contemplamos lo acontecido desde la perspectiva creyente: celebramos la Semana Mayor porque estamos convencidos de que no hay Cruz sin Gloria, Dolor sin Amor extremo, Viernes Santo sin Domingo de Pascua, Santo Entierro… sin Vida Resucitada. Cada una de estas realidades es sólo un lado de la misma moneda: la del amor incondicional del Padre Dios a toda la humanidad -y a cada uno de nosotros en particular- por medio de Jesucristo, el Señor, que está vivo, Resucitado, y sostiene nuestro día a día desde la fuerza de su Espíritu. Es Él quien nos envía a anunciar el Evangelio y promete estar con nosotros hasta el fin de los tiempos; Él quien nos deja su Espíritu como guía- para hacer vida cotidiana su Buena Noticia. Es en esta certeza, Resucitada, donde apoyamos nuestra fe… para mirar la Pasión y la Muerte de Jesús como inspiradora para ser capaces de asumir los “viernes santos” con que cada cual irá haciendo la propia vida.

Y es que frente a una experiencia sensiblona de la Pasión, que espiritualmente no nos servirá de mucho, esta Semana Santa os invito a contemplarla dejándonos tocar por la actitud del Crucificado, fiel en medio de sus sufrimientos, confiado en el Padre, sin tirar la toalla. Toda su vida fue acompañar el dolor, manifestando la cercanía de Dios con quien sufre en diversas circunstancias -enfermedad, rechazo, opresión, pobreza, muerte-, pero es en la Pasión donde esta verdad se revela radicalmente, y nos llena de esperanza en las angustias de hoy. La Pasión nos muestra que podemos encontrar el amor del Padre en todas las situaciones de la vida, incluso en las más dolorosas, aunque parezca escondido u olvidado. Su presencia misteriosa, que sostiene, acompaña y genera vida hasta de la mayor de las injusticias, nos enseña a vivir nuestra propia pasión sin desesperar porque no solucione las cosas como quisiéramos.

Contemplada así la Pasión de Cristo, nuestras cruces se ven de otra manera y el seguimiento de Jesús cobra un sentido diferente de quienes soportan sus tormentos desde el “Dios me lo ha mandado”, “qué habré hecho para”, o “con esto me estoy ganando el cielo”; conducir su cadáver al Sepulcro nos compromete tanto como compartir su Mesa, porque acompañar sus despojos es proclamar que creemos que este Dios que ama hasta derramar la última gota de su sangre no es un fracasado y porque lo sabemos Vivo deseamos acompañarlo en su donación hasta el extremo. La Cruz es la manifestación del lado de quien se pone Dios en la historia del ser humano: con las víctimas, con quien no cuenta… con esos últimos a los que Jesús anunció la misericordia del Padre por los caminos, los márgenes y las afueras del Templo. Mirando así la Pasión, sabremos confiar en medio de la noche oscura. El Yacente que veneráis el Misterio del Santo Entierro revela quién es verdaderamente Dios, ¿será también revelación para cada uno de nosotros esta Semana Santa?

Pero hay que saber mirar con otros ojos, es necesaria una actitud contemplativa que rompa con la rutina de tantos años asomándonos a los mismos Misterios sin que lleguen a tocarnos radicalmente por dentro. En lugar de mirar otra vez en el Yacente el dolor, la sangre y la injusticia cometida, contemplemos esta Semana el amor incondicional con que Jesucristo actúa, hasta el final, y descubramos junto a Él, en el silencio del Gólgota, al Padre. Porque, si no, ¿en qué se diferencia nuestra forma de mirar la Semana Santa de aquellas que enuncié al principio? Sólo así sacaremos a la calle una Buena Noticia: no la muerte, sino la Vida; no una condena, sino una Bienaventuranza; no el recuerdo de algo pasado, sino una realidad esperanzada que puede transformar la vida de quienes se acerquen a ver las imágenes desde otra óptica. Sólo contemplando previamente la Pasión con otros ojos y habiendo descubierto a Dios silente en el escándalo de Cristo muerto, podremos ser anuncio de Vida Plena para quienes andan cansados y agobiados bajo el peso de sus cruces de cada día, ante tantos como yacen en vida por nuestras calles y plazas, en nuestra propia historia.

Autor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Calendario de Eventos

« noviembre 2017 » loading...
L M X J V S D
30
31
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
1
2
3