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Análisis de las consecuencias psicológicas que tiene una agresión sexual en una víctima.

Violencia contra la mujer: causas y consecuencias de una agresión sexual

La agresión sexual es un fenómeno que se produce en distintas sociedades de todo el mundo y que afecta a un gran número de mujeres. En España se reconoce el “delito contra la libertad sexual de una persona”, pero se realiza una distinción entre el abuso sexual y la violación.

A nivel jurídico, se habla de abuso cuando no se produce violencia física o intimidación contra la víctima; en la violación hay una agresión –con “violencia o intimidación”- con acceso vaginal o anal. Dependiendo de las circunstancias del suceso (si hay penetración, violencia física, intimidación…), las penas oscilan entre uno y quince años de prisión (Ley Orgánica 10/1995 de 23 de noviembre del Código Penal. Artículos 178, 179 y 180).

Desde una perspectiva psicológica es irrelevante la distinción jurídica entre violación y abuso. Si se considera la violación desde el impacto psicológico que produce en la víctima, la violación englobaría cualquier actividad sexual no acordada ni consentida a la que se ha llegado mediante la coacción, la amenaza de violencia, la propia violencia, o mientras la víctima se encontraba inconsciente o indispuesta (Veronen y Kipatrick, 1983). Asimismo, un factor clave es que la mujer perciba que ha sido víctima de una agresión sexual, además de las formas y circunstancias en que dicha agresión se haya llevado a cabo (Echeburúa, Sarasua, Zubizarreta y de Corral, 2009).

Impacto de la agresión sexual en la víctima

Sólo en España se registraron oficialmente, entre 2016 y 2017, 7240 delitos contra la libertad e indemnidad sexual de la mujer, de los cuales 832 eran agresiones sexuales con penetración (INE). Sin embargo, es importante señalar que existe una infravaloración cuantitativa de la incidencia de agresiones sexuales hacia la mujer, y algunos autores apuntan a una ratio entre violaciones reales y violaciones denunciadas de al menos 3.5:1 o de 5-10:1 (Echeburúa et al., 2009).

En algunos casos esta infravaloración está relacionada con que las víctimas no denuncian lo ocurrido, ya sea por falta de información sobre cómo proceder, escepticismo sobre el trato y la efectividad de las autoridades, temor a la repercusión social, o el miedo a posibles represalias por parte de los agresores, ya que en la mitad de los casos son personas conocidas por la víctima (Echeburúa et al., 2009).

Retomando el tema del impacto que tiene la agresión en la víctima, las repercusiones que sufre la víctima se pueden dividir en dos tipos: victimización primaria y secundaria. La victimización primaria engloba el impacto psicológico que tiene la agresión sobre la víctima, mientras que la  victimización secundaria ocurre en la interacción con los diferentes actores sociales como consecuencia de la agresión.

Así, la necesidad de jueces, fiscales y policía de obtener una declaración de la víctima, los reconocimientos médico-ginecológicos y la necesaria obtención de pruebas biológicas por parte de los médicos forenses, y en muchos casos, un cuestionamiento del testimonio de la víctima basado en la constitucional presunción de inocencia del victimario, produce un impacto psicológico en la víctima (Duran, Moya, Megías y Viki, 2010).

Esta problemática está relacionada con los juicios que realizan las personas sobre los incidentes sexuales (Duran, Moya, Megías y Viki, 2010). Algunos ejemplos de creencias erróneas son que la mujer es responsable de la agresión, que disfruta la violencia sexual o que es ella quien debe protegerse de los posibles abusos. Estos juicios sociales también vienen determinados por factores situacionales, como el atuendo de la víctima (Whatley, 2005), la ingesta de alcohol (Abbey et al. 2004) o la relación de la víctima con el agresor.

Esta forma de culpabilización de la víctima estaría respaldada por el sexismo benevolente, un tipo de sexismo que incluye actitudes aparentemente positivas, con el objetivo de proteger a la mujer, ya que se la ve débil y necesitada del cuidado de un hombre, justificando el status quo de inferioridad con respecto al hombre, respetando los roles de género tradicionales (Glick y Fiske. 1996; Yamawaki, 2007).

Las consecuencias negativas de este tipo de juicios pueden ser un fomento de la agresión sexual contra las mujeres, así como fortalecer la tolerancia al abuso (Lotes, 1991). Sin embargo, es el sexismo hostil el que respalda la comisión de la agresión sexual (Abrams, Viki, Masser, y Bohner, 2003), basándose en actitudes negativas y de discriminación a la mujer, además de la idea de que las mujeres son inferiores a los hombres, por lo que éstos deben dominarlas (Glick et al, 1996).

El hecho de ser víctimas de un delito violento genera terror e indefensión y pone en peligro la identidad física y psicológica de la víctima, dejándola en una situación emocional que no se ve capacitada para afrontar con sus recursos psicológicos habituales (Kilpatrick, 2007). Por tanto, de esta situación se deriva un fuerte impacto, psicológico, físico y social, que va a depender tanto de las características del  estrés, como de determinados condicionantes preexistentes en la víctima (González Fernández y Pardo Fernández, 2007).

Consecuencias de una agresión sexual

En cuanto a las características de la víctima, las consecuencias pueden variar dependiendo de ciertas diferencias individuales como la edad, historia previa, habilidades de enfrentamiento, apoyo social, variables de personalidad, autoestima, factores atribucionales y su capacidad adaptativa.

Las víctimas de agresión sexual no muestran un perfil uniforme de consecuencias, sin embargo, existen una serie de síntomas y pautas de reacción a corto plazo que suelen ser comunes  (Echeburúa et al., 2009):

  • La fase aguda ocurre inmediatamente después de la violación y puede durar días o semanas. Se caracteriza por la desorganización en el estilo de vida de la víctima; niveles elevados de miedo y ansiedad; conductas incoherentes y pensamientos de incredulidad y confusión; trastornos psicosomáticos, y disfunciones sexuales.
  • La fase de pseudoadaptación aparece dos o tres semanas tras la agresión y se caracteriza por la aparente superación de los efectos traumáticos de la violación. La víctima reestablece sus hábitos de vida cotidianos, pero se producen sentimientos de ira y resentimiento y tienden a producirse comportamientos de evitación, que pueden dificultar la recuperación.
  • La fase de integración y resolución se inicia con un estado de ánimo depresivo, sentimientos de humillación y culpabilidad, y la necesidad de desahogarse, lo que puede durar un período de tiempo indefinido. Además, el deseo de venganza y el temor a volver a sufrir una agresión pueden ser persistentes.

Además de los efectos a corto plazo, también se pueden desarrollar síntomas físicos y psicológicos a largo plazo. Las víctimas de agresiones sexuales presentan un riesgo elevado de padecer síntomas físicos como náuseas, vómitos, dolor abdominal y diarrea (Golding, 1994).

También se reportan mayores síntomas cardiopulmonares y neurológicos (Leserman, 2005).  A nivel psicológico, se pueden producir síntomas de ansiedad, fobias, trastorno de pánico, depresión, suicidio y trastorno de estrés post-traumático (Foa, 1993; Kimerling y Calhoun, 1994).

Las consecuencias sociales implican que un deterioro de las actividades sociales, si la víctima evita las actividades sociales que realizaba previamente, además de un deterioro de las dinámicas familiares, por lo que el apoyo familiar y social resulta de gran importancia en la labor terapéutica (Jina y Thomas, 2013).

Prevención e intervención más eficaz para víctimas de agresión sexual

Para concluir quisiéramos destacar la importancia de la investigación centrada en este fenómeno, debido a la alta incidencia con la que sucede y a las graves repercusiones que tiene. Creemos que es primordial, en primer lugar, tener una definición precisa de lo que es la agresión sexual para poder identificarla y actuar de forma eficiente. En segundo lugar es necesario conocer el impacto que tiene en la víctima a nivel físico y psicológico.

Por último, es fundamental la respuesta social; conocer cómo se conforman los juicios de las personas ante estas circunstancias y en qué medida este factor social influye en este fenómeno. Este conocimiento permitiría crear programas de prevención e intervención más eficaces, así como entender y ayudar a la víctima de la mejor forma posible.

Texto escrito por Maria Ruiz Fuentes y Lourdes Fernández Aquino.

REFERENCIAS

  • Abbey, A., Zawacki, T., Buck, P. O., Clinton, A. M. y McAuslan, P. (2004). Sexual assault and alcohol consumption: what do we know about their relationship and what types of research are still needed? Aggression and Violent Behavior, 9, 271–303.
  • Abrams, D., Viki, G. T., Masser, B. y Bohner, G. (2003). Perceptions of stranger and         acquaintance rape: the role of benevolent and hostile sexism in victim blame and rape proclivity. Journal of Personality and Social Psychology, 84, 111–125.
  • Durán, M., Moya, M., Megías, J. L. y Viki, G. T. (2010). Social perception of rape victims            in dating and married relationships: The role of perpetrator’s benevolent sexism. Sex                Roles, 62(7-8), 505-519.
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