Comercio justo y pro desarrollo

Estos días son propicios para animar a un consumo con criterio porque hacemos mucho gasto superfluo y más bien generado por campañas comerciales que se convierten en costumbre. Como el dichoso San Valentín o ese Black Friday que igual acabamos adquiriendo.

El consumo es una poderosa herramienta para muchas cosas. Lo que hace caer a un programa bochornoso de televisión no es la vergüenza de los programadores ante sus contenidos  sino el pavor de los anunciantes a que el repudio de los espectadores se extienda a sus marcas.

Es fácil de entender, aunque se utilice poco, el potencial de transformación que tienen nuestras decisiones de consumo. El anuncio del uso colectivo de nuestras decisiones de compra puede hacer que nuestros grandes almacenes o las grandes empresas industriales aflojen en la presión por obtener costes bajos a costa de sueldos infames, trabajo infantil o de infraestructuras que se desplomen.

El comercio justo se centra en la necesidad de que los productores (de arroz, de balones, de camisetas, de lo que sea) reciban un ingreso adecuado por su trabajo. Se trata de equilibrar el ingreso entre productores, transportistas, distribuidores y otros eslabones de la cadena para que los más poderosos no basen su competitividad en los más débiles que suelen ser la mano de obra de la fase de producción o los recolectores que proporcionan las materias primas básicas. Se trata también de que los consumidores no nos empeñemos en comprar duros a cuatro pesetas.

La Fundación ETEA forma parte de la junta directiva del sello Fairtrade Ibérica que controla en España y Portugal la certificación internacional que asegura en nuestras tiendas y supermercados que el producto que compras ha remunerado con justicia a los primeros eslabones de la cadena y que conviene que pagues el precio que cuesta.  El sello pretende también extender por las cadenas de comercialización, por todas, la producción de comercio justo para que los productores reciban todo el ingreso posible y contribuir así a su desarrollo, el de sus familias y el de sus sociedades.

No es sólo una causa por los demás sino por nosotros mismos. Es el juego de la hiperglobalización lo que lleva la producción de nuestros jerseys o nuestros televisores a Bangla Desh o Vietnam o a las maquilas salvadoreñas, buscando sueldos ultrabajos y evitar las obligaciones impositivas con las que sustentamos la capacidad de los estados o nuestro estado del bienestar.

La hiperglobalización nos ahoga ya a todos. La devaluación salarial con la que enfrentamos la crisis en España forma parte de ese juego. La invasión del producto barato, de vida corta y de mala calidad también. Son las reglas del modelo que hemos desarrollado en las últimas décadas. Alcanza hoy expresiones dañinas y extremas que afectan a los países que lo planteamos como propuesta para el desarrollo global (especialmente el nuestro). Pero nos ha salido el tiro por la culata.

Un consumo pro-desarrollo, es decir, responsable y promotor del bienestar de tu entorno local y global, con distorsiones limitadas, no está tan lejos. Está al alcance de tu bolsillo.

Autor

Pedro Caldentey

La Universidad Loyola Andalucía nace de una experiencia de universidad local pero abierta al mundo. Pedro Caldentey estudió en ETEA pensando en Melbourne y Estocolmo pero empezó su carrera descubriendo el mundo en Centroamérica. Es profesor de economía aplicada en el departamento de Economía y ha dirigido hasta 2015 la Fundación ETEA para el Desarrollo y la Cooperación que promueve la presencia de la Universidad en actividades de formación y asistencia técnica y en intervenciones de desarrollo en América Latina y Asia.

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