Claves del progreso tecnológico y la importancia del conocimiento científico

El progreso tecnológico reside en las personas

Existen muchas narraciones sobre utopías y amenazas tecnológicas. Ahora pienso en una poco común, presente en distopías como Mad Max, de un mundo postindustrial, repleto de tecnología pero sin personas que la comprendan. 

La hipótesis que propongo sobre el progreso tecnológico es extraña. Pero no imposible. Supongamos que la humanidad se desprende de todos sus científicos y tecnólogos, por relajación de los sistemas educativos o por algún tipo de catástrofe. La población diezmada se encontraría rodeada de un sinfín de artefactos que más o menos podría utilizar, pero de cuyos principios de funcionamiento se vería incapaz de comprender, no digamos concebir o reparar.

Esta población no conoce las operaciones matemáticas, ni la física, ni ha oído hablar de la ingeniería. Apenas sabe leer, y no entiende más que el encendido o apagado de los electrodomésticos y vehículos. Poco o nada de ordenadores.

Los nuevos habitantes del deshielo tecnológico podrán conducir, tendrán agua, electricidad y energía los primeros días tras la catástrofe. Pero muy pronto se interrumpirán los suministros energéticos, un poco más tarde se agotarán las reservas de combustible a la mano (depósitos dentro de las máquinas, almacenes en entornos urbanos accesibles, etc), y finalmente todo lo artificial comenzará a averiarse.

No me interesa tanto el proceso de degradación tecnológica -narrado en el célebre documental La Tierra Sin Humanos-. Con cierto ingenio y tesón se podría ir paliando o retrasando año tras año, como nos enseña el testimonio de los antiquísimos coches que aún pasean su belleza en ciudades como La Habana.

Reculturización tecnológica

Me parece más inspirador el proceso de reculturización tecnológica. Cómo los nuevos habitantes, siendo conscientes de todo lo que se puede hacer (a la vista de los viejos artefactos y construcciones que languidecen), pueden reemprender las tareas de conocer, entender, sistematizar, imaginar, diseñar, proyectar, ensayar y finalmente poner en marcha obras y procesos productivos.

Creo que el primer obstáculo no sería la falta de imaginación, ni la capacidad intelectual, ni el empuje. Creo que sería la falta de criterio científico. Por ejemplo, la nueva comunidad tarde o temprano se vería empujada a hacer obras civiles de importancia: un depósito para almacenar aguas, canales y sistemas de riego para las primeras plantaciones, etc. Movidos por la presencia descomunal de lo ya construido en el pasado, se lanzarían a la aventura, pero el método de ensayo y error, como el niño que construye castillos en la playa, se revelaría pronto ineficaz y peligroso.

En un momento dado, reconocerían que hay que acudir a las fuentes del conocimiento científico, que en el mundo postapocalíptico quedaría intacto en las bibliotecas y en las bases de datos. Muy pronto, alguien localizaría un viejo libro de construcción de infraestructuras. Pero se toparía con un lenguaje obtuso y desconectado de sus estructuras de pensamiento, a la par que un rosario de referencias a materiales, utensilios y máquinas que se vería incapaz de conseguir.

En ese momento, los nuevos pobladores empezarían a andar el camino de la ciencia. Sin necesidad de que nazca un nuevo arquímedes, recuperarían el legado de los de los griegos, las matemáticas, los números; sin esperar a un Kepler ni a un Newton Newton, renacería el saber  la fuerzas, la dinámica de los cuerpos, los artefactos, la astronomía. Todo estaría escrito, pero el conocimiento tendría que dar el salto a las  personas para cobrar vida en ellas.

Pronto se darían cuenta que no basta con la ciencia, sino que la organización del trabajo y la especialización serían claves para la producción de artificios complejos. Tras un proceso de evolución social, que sería especialmente largo, llegaría la industria, y a partir de ella, no harían falta más de 40 o 50 años para llegar al nivel actual (la industrial tardó 100 años del vapor al avión sin un referente en el que mirarse).

El proceso completo para llegar a la era digital y la biotecnológica actual, yo lo cifro en 100 años desde el cataclismo. Eso sí, suponiendo que los cambios se fueran produciendo en un período continuado de paz y cooperación, quizá la conjetura más incierta. En ese período, el sufrimiento y las carencias de los nuevos pobladores podría llegar a ser alarmante, en comparación con el estado de bienestar al que estamos acostumbrados.

Este ejercicio, puramente especulativo e infundado, no da para más que para reflexionar sobre la importancia del conocimiento científico y el progreso tecnológico en nuestra cultura social. Aunque vayamos poco a poco dejando la producción de máquinas en manos de otras máquinas, cosa razonable dada la complejidad e intensidad actual de la producción, no debemos dejarnos llevar por el espejismo de la autonomía de las máquinas. Esta autonomía sólo da para unas horas.

El criterio humano siempre acaba interviniendo, de una manera radical e imprescindible. Al menos hasta hoy. Quizá este ejercicio nos ayude a comprender por qué los ingenieros dedicados a eñar nos obsesionamos con formar algo más profundo y fundamental que el uso avanzados de la tecnología.

Autor

Fabio Gómez Estern

Año 2050. Sentado en un parque, un viejo profesor de ingeniería repasa mentalmente las revoluciones tecnológicas de la primera mitad del siglo XXI. Al hacerlo, se pregunta por las transformaciones sociales, culturales, económicas y medioambientales que éstas trajeron, y sobre el qué se pudo hacer. Alza la cabeza y cruza la mirada con un artilugio volador que en estático silencio levita frente a él. Ambos se adivinan el pensamiento. Este blog servirá al profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, de guía en ese viaje retrospectivo, en forma de diminutos 'breadcrumbs''.

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