Ciencias, ética y el mal en diálogo con la fe

Con este título-temática que encabeza el presente artículo, he desarrollado un Seminario en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra, donde actualmente soy Profesor. Allí hemos tratado como, muchas veces, se ha podido creer que las ciencias va en contra la espiritualidad y de la fe, que no tiene nada que ver con la ética y con la filosofía como puede ser una adecuada antropología, un buena comprensión del ser humano. Pero como ha mostrado la filosofía y la sociología de la ciencia, la teoría del conocimiento, la razón y el quehacer científico no es neutro ni imparcial. Sino que la actividad del conocimiento y de la ciencia siempre van envueltas en unos intereses rectores, como mostró J. Habermas, están insertas en unos paradigmas de cosmovisiones de las comunidades científicas e históricas, en la línea de T. Kuhn.

Y una de las cosmovisiones que ha aportado mucho y bueno a la razón, al pensamiento y al conocimiento han sido las creencias espirituales, religiosas y la fe cristiana que inspiran una filosofía, una metafísica y antropología que como hemos indicado está a la base de la actividad de la inteligencia y de la razón. Wittgenstein, uno de los pensadores destacados de nuestra época, afirmaba que lo místico es que el mundo sea, que exista. Efectivamente el conocimiento y la ciencia suponen esa filosofía y metafísica que, en la senda de Heidegger, señala que existe el ser y no la nada, que la realidad es; que el mundo y la historia son reales y que, por tanto, hay un dinamismo o movimiento, causas e inter-relaciones que suscitan la vida, la existencia y lo real.  

Esos presupuestos y principios, filosóficos-metafísicos o antropológicos, de la razón son la base del conocimiento y de la ciencia y que, en muy buena medida inspirados por estas creencias espirituales o religiosas y cristianas, ha marcado la historia del pensamiento. Ahí tenemos en este sentido a los clásicos y maestros como Platón y Aristóteles, S. Agustín y Santo Tomás de Aquino. Y siguiendo esta tradición, ya en la modernidad, el humanismo renacentista con Tomás Moro, Erasmo y la escuela de Salamanca con Vitoria o Suarez  y, posteriormente, el humanismo ilustrado con Descartes y Rousseau, con Pascal y Leibniz, con Kant y Hegel, etc. Todos estos autores, inspirados por sus creencias o cosmovisiones religiosas y/o cristianas, pusieron los cimientos filosóficos, metafísicos y antropológicos del conocimiento y de la ciencia moderna o actual. En donde buscaron e indicaron la raíz, el significado causal o sentido y  dinamismo profundo de lo real, que les abría a lo trascendente, a la vida plena y eterna, a Dios.

Por todo ello no es correcto decir que la modernidad, que la ciencia y el conocimiento moderno, va en contra de la fe y del cristianismo. Ya que, como se  muestra en todos estos autores u otros, fue posibilitada en muy buena medida por la experiencia cristiana. Por ejemplo, dos de dichos autores exponentes de esta modernidad, Kan y Hegel, con sus aciertos y errores, son paradigma de ello. El primerocon su primacía de la razón práctica sobre la teórica, la búsqueda de la libertad en la vida y compromiso moral que, para que se realice en la felicidad plena y en el bien trascendente, se abre a Dios y a la vida eterna. El segundo, con la conciencia del Espíritu de libertad que se encarna en la historia y sus dinamismos, sus conflictos y co-relaciones o reconocimientos, la razón y el espíritu que buscan un conocimiento global de la realidad, de lo Divino.

Numerosos científicos relevantes de esta edad moderna o contemporánea como Edison, Newton o Einstein, por solo dar unos nombres, han expresado este sentimiento religioso de las huellas de los trascendente y de Dios, de su sabiduría, bondad y belleza: en el cosmos y en la naturaleza. Como enseña Einstein, en conocidas frases, “la ciencia sin religión es coja; la religión sin ciencia es ciega. Dios no juega a los dados…Dios es un misterio. Pero un misterio comprensible. No tengo nada sino admiración cuando observo las leyes de la naturaleza. No hay leyes sin un legislador”. En esta línea, desprovistas de su marco filosófico, antropológico y ético, del que la religión y el cristianismo es una fuente insustituible- como reconoce el propio Habermas-, las ciencias llevan al mal, a la destrucción e injusticia. Como afirma el mismo Einstein, “la guerra moderna, la bomba y otros descubrimientos se nos presentan no como un problema de física sino de ética”.

En la actualidad, como remarca el Papa Francisco, la ciencia y realidad económica, como es el capitalismo, mata y crea males e injusticias en forma de hambre y pobreza crecientes, al rechazar la éticaamiga de la persona. Se antepone la dictadura e idolatría del capital, de la riqueza a la vida y dignidad de las personasEl mal más habitual que ha existido y se impone es de tipo ético, como  han visto diversos científicos sociales y pensadores como Weber o la escuela de Frankfurt. Es esa razón formal e instrumental centrada en la eficacia mercantilista, burocrática y en la dominación que olvida los fines o valores últimos, la memoria compasiva del sufrimiento y de la justicia con las víctimas.

Aunque también existe el mal finito u ontológico, como la enfermedad y la muerte, fruto de los límites y finitud de lo humano que, para ser tal, no puede ser como Dios. Pero como vieron todos estos pensadores y filósofos como ya el mencionado Kant, la razón e inteligencia se abre al anhelo de felicidad y realización culmen, de justicia y vida plena, eterna que nos regala Dios y que nos libera definitivamente de todo mal, injusticia y muerte. Esta apertura a la fe que, en la vida y Pascua de Jesús, se nos revela como el Dios de la vida y de la justicia con las víctimas u oprimidos. Es el Dios anti-mal que nos sostiene y anima en la lucha por la fraternidad, la paz y la justicia con los pobres, contra todo mal e injusticia. Frente a una imagen deformada de Dios, Jesús nos manifiesta el Dios que promueve la vida y la felicidad, que culmina en la eternidad, en los cielos y tierras nuevas. Dios en Jesús Pobre y Crucificado ha asumido, en comunión solidaria, el destino de las víctimas y crucificados de la historia por el mal e injusticia, el martirio de todos los que luchan por un mundo más justo y fraterno con los pobres. Y en esta entrega y amor solidario hasta la cruz para que todos tengan vida, dignidad y justicia,  Jesús ha resucitado y nos ha liberado definitivamente de todo mal e injusticia, de todo sufrimiento y muerte. La Ciencia del Dios, en Jesús, Crucificado-Resucitado da la luz del amor y la esperanza.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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