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Cabe preguntarse es si la única protección posible contra semejante riesgo de intrusión es el veto a toda relación comercial con el fabricante.

El caso Huawei

Es una de las noticias más impactantes que se han dado en el mundo de la tecnología. Y desgraciadamente no corresponde a la aparición de un nuevo dispositivo ni a una capacidad adquirida de la inteligencia artificial. Es la colisión entre la geopolítica y la tecnología. No estábamos acostumbrados, pero sabíamos que tarde o temprano iba a suceder.

Hace ya algunos meses la administración de Donald Trump sospechaba de las relaciones entre Huawei y el gobierno chino, por su capacidad para introducir elementos de espionaje en los componentes de red 5G que actualmente se despliega en todo el mundo con la preeminencia de esta compañía.

El argumento no es disparatado, aunque requiere mucha asertividad vetar a una empresa comercialmente por su capacidad de hacer daño sin poseer pruebas de ello. Al fin y al cabo, Google y Facebook no son sospechosos de tal comportamiento, sino que es conocido y probado que emplean ingentes cantidades de datos de ciudadanos de todo el mundo en su beneficio sin dar cuenta a nadie por sus consecuencias. Tanto es así que a veces ni el propio Facebook es consciente de esto, como sabemos por los escándalos de Cambridge Analytica y las injerencias políticas de origen ruso.

El dilema planteado por el gobierno americano es bastante astuto: ¿es ético atacar al libre comercio en aras de la seguridad nacional? Tal y como se enuncia, las razones a favor son sólidas. Sin embargo, no podemos evitar dudar de las verdaderas intenciones del veto por una razón: hay otros caminos para evitar que la posición dominante de Huawei en 5G se explote con fines de espionaje.

Suponemos que las antenas de Huawei que cursan el tráfico de datos 5G se controlan remotamente: no es extraño, hoy cualquier dispositivo o programa está en comunicación permanente con su matriz para recibir actualizaciones, informar de estadísticas de uso y de fallos, monitorizar el rendimiento, optimizar sus parámetros en función de las circunstancias de la red o adaptarse a nuevos requerimientos funcionales o normativos.

Esa remotización, en dispositivos de telecomunicaciones como las antenas 5G abre la puerta al conocimiento absoluto del tráfico que transita por la red. Y por añadidura, permite efectuar de forma remota un apagón de datos a escala nacional de forma anónima y con consecuencias costosísimas.

El riesgo de la intrusión en el veto

Lo que cabe preguntarse es si la única protección posible contra semejante riesgo de intrusión es el veto a toda relación comercial con el fabricante. Sobre todo con el enorme daño comercial que se produce a escala global, creando un clima de inseguridad para las inversiones en tecnologías que no estén amparadas bajo un poderoso gobierno, e incluso para las compañías propias de EEUU.

En el mundo digital, ninguna protección es definitivamente segura, como tampoco es el veto (ni la cadena de vetos que llevaría a todas las telecos chinas al ostracismo, después las rusas, y por qué no las díscolas europeas). Pero lo primero que se debería intentar es confinar la información que se genera en la antena 5G de manera segura.

Una cosa es el hardware y otra la operación remota de las antenas. Creo que la operación remota debería estar a cargo de una compañía en suelo estadounidense, debidamente auditada y certificada, empleando cifrados sólo conocidos por ella. Y las antenas y enrutadores deberían ser monitorizados permanentemente para asegurar que no se genera ningún tráfico residual más allá de la estricta coordinación del flujo de datos.

¿Es esto técnicamente posible? Habrá quien piense que sí, y habrá quien lo dude. Pero Trump siempre tendría la baza de exigir a Huawei demostrar fehacientemente (mediante dispositivos de análisis de tráfico y comportamiento), que las antenas no tienen posibilidad alguna de enviar información más allá de los operadores certificados. ¿Qué Huawei no es capaz de demostrar esto? Entonces la responsabilidad recaería sobre ella y la sociedad entendería mucho mejor el desplante. Pero actuar como si ya se hubiera perpetrado el crimen nos sume en una situación de difícil comprensión.

Si de lo anterior se concluye que la maniobra esconde, con dudoso éxito, una simple estrategia de proteccionismo de mercado -ya conocemos a Trump-, entonces ¿debemos condenar esta actitud antiliberal y contraria a las reglas del juego de las democracias occidentales? Pues tampoco, ya que China nunca ha respetado esas reglas.

Para que el libre comercio sea una realidad que favorezca a los usuarios y las economías de todo el mundo, se precisa de instituciones garanticen la propiedad privada y la integridad de las inversiones, y que los gobiernos en concreto no intervengan en favor de sus empresas en el comercio internacional. Sí China no actúa de forma transparente, ¿cómo puede esperar que sus socios lo hagan?

Y si decidimos que Huawei se merece el veto, ¿entonces Trump ha obrado bien? En absoluto. En primer lugar, porque las represalias no van a tardar. Además, el recurso a los vetos a proveedores estadounidenses a empresas extranjeras a la larga solo puede perjudicar a los proveedores, ya que pierden cifra de negocio actual y credibilidad futura.

Como señala la revista The Economist al respecto en un artículo de hoy, Holding out on Huawei, esta arma disparará una munición cada vez más débil, a medida que proveedores externos, principalmente chinos, vayan ocupando el hueco que dejan las tecnológicas americanas. Es el caso de HiSilicon, división de semiconductores de Huawei, y de HongMeng OS, creadora de sistemas operativos móviles. A largo plazo es una mala estrategia.

Así que mientras dirimimos quién acierta y quién se equivoca, observamos cómo cientos millones de dispositivos pueden quedar obsoletos en cuestión de meses.

Cabe aclarar que el veto sólo tendrá efecto en los o dispositivos nuevos, y que los actualmente vendidos seguirán actualizándose. Pero las implicaciones futuras nos desbordan la imaginación. Pues lo que nos debe preocupar no es tanto quién nos venderá el próximo smartphone, sino la enorme concentración de poder que reside en empresas como Apple, Google, Microsoft y Amazon, y finalmente la capacidad de un solo gobierno, más bien una sola persona, de concentrar todo ese poder al servicio de un objetivo político.

Autor

Fabio Gómez Estern

En este blog el profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, despieza la actualidad desde una perspectiva dual: la tecnológica y la humana. En este análisis, basado en ensayos, publicaciones y eventos recientes, se trata de señalar qué productos de la ingeniería son susceptibles de modificar los usos sociales. Más que vaticinios, se aportan preguntas: ¿cómo y a qué ritmo se producirá este impacto?, ¿cómo debemos prepararnos para ello? ¿cuáles son las oportunidades que se abren? ¿Es preciso despertar el espíritu crítico e incluso oponer resistencia a dichos cambios? ¿Es, acaso, posible?

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