Aspectos psicológicos en el abordaje de la crisis del ébola

Primera Parte

Manuel Moyano Pacheco

En agosto de 2014 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al ébola como una emergencia sanitaria pública de carácter internacional. Aunque desde hace meses esta epidemia ya venía siendo una realidad en diferentes países africanos, durante las últimas semanas hemos prestado especial atención a la gestión y la comunicación de lo que ha sido el primer caso de contagio en Europa; más concretamente, en nuestro Estado. Esta crisis sanitaria del ébola ha mantenido en vilo a decisores, profesionales y a la sociedad en general. Y lo acontecido permite realizar un análisis de urgencia sobre algunos aspectos con fundamentos e implicaciones eminentemente psicológicas. La reflexión se estructura proponiendo siete principios, los cuales pretenden ser un aviso a navegantes útiles desde un punto de vista estratégico, táctico y operativo.

Primero. Riesgo real y riesgo percibido no son equivalentes

La percepción del riesgo está basada en complejos sistemas de creencias, valores e ideales, modulado todo ello por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. O en otras palabras: no existe riesgo sin construcción social del mismo. Sin embargo, en ocasiones, la distancia entre riesgo real y riesgo percibido es considerable. Un ejemplo paradigmático podría ser la consideración del riesgo vinculado a la epidemia de ébola en el contexto de nuestras sociedades occidentales. Una percepción del riesgo real excesivamente distorsionada puede convertirse también, a día de hoy, en un problema. Y es que, epidemiológicamente, el “virus del miedo” (psicológicamente estimable utilizando indicadores de estrés o ansiedad) es el que más rápido se propaga, paralizándonos o desencadenando respuestas de activación desproporcionadas. No lo olvidemos: las emociones también son “contagiosas” para lo positivo y para lo negativo. Por ello, aunque en ocasiones no esté exento de dificultad, es fundamental centrar nuestra influencia en ocuparnos del problema en sí y, reducir, en la medida de lo posible, una preocupación poco adaptativa sobre el mismo.

Segundo. Contención, juicio y prudencia en la comunicación

Sin entrar a describir los errores cometidos en la comunicación relativa al caso, conviene recordar que: (1) es fundamental tener un único portavoz (y elegirlo bien) para transmitir la información oficial, algo que propicia la unidad de criterios, dificulta la propagación de rumores y la distorsión informativa y facilita el trabajo de los profesionales de los medios de  comunicación social; (2) en caso de que hubiera más de un portavoz, nunca debiera haber contradicciones en los mensajes transmitidos por cada uno de ellos; (3) priorizar la claridad y veracidad de los mensajes, procurando que sean asequibles para la población general. Datos confusos, ambigüedades, tecnicismos y mensajes densos pueden inocular dudas e impedir la compresión de la información realmente útil en términos de salud pública; y, por último, (4) cuidar la puesta en escena: “tiempos, formas y no decir barbaridades”. Exabruptos desafortunados e imprudentes por parte de los responsables directos en la gestión de la crisis, pero también de otros actores secundarios del escenario, sólo van a formar parte del problema. Nunca de la solución.

Tercero. El todo es más que la suma de las partes

Es habitual distinguir tres perspectivas en la gestión del riesgo: ciencia, precaución y deliberación. En primer lugar, la gestión basada en la ciencia se fundamenta en la implementación de los criterios científicos existentes con el fin de describir, explicar y predecir, para de esta forma, poder intervenir sobre un fenómeno (por ejemplo, conseguir el desarrollo experimental y la administración de una vacuna eficaz). En segundo lugar, la gestión del riesgo basada en el principio de precaución pretende encontrar un equilibrio entre el déficit y el exceso de cautela; siendo necesario, en determinados casos, la prohibición. Esto supone la adopción de medidas protectoras ante sospechas fundadas de que existe un riesgo sin que aún se disponga de evidencia científica contundente. Se suele aplicar en aquellos acontecimientos que no conocemos totalmente (una decisión basada en este principio sería el sacrificio de la mascota de la auxiliar de enfermería contagiada).

En tercer lugar, la gestión basada en la deliberación puede ser caracterizada como la promoción de tácticas que tengan en cuenta los múltiples factores implicados, así como los valores (y contravalores) de las partes. Procedimientos como la mediación y la participación directa de los ciudadanos con el fin de llegar a consensos podrían incluirse en esta categoría (los debates surgidos sobre la conveniencia de repatriar a los misioneros para atenderlos en España serían un ejemplo). Pues bien, poner la lupa en una única perspectiva nos va a ofrecer una visión reduccionista del problema y de sus potenciales soluciones. Nos va a impedir representar la globalidad. Y es que, actualmente no existe una vacuna eficaz para el ébola y las evidencias científicas al respecto están en una fase preliminar.

La adopción de medidas protectoras excesivamente conservadoras puede tener efectos más perjudiciales que beneficiosos en términos de alarmismo (falsos positivos), ya que una percepción distorsionada del riesgo, generalizada en la ciudadanía, podría  provocar colapsos en urgencias o el aislamiento de personas que, por ejemplo, simplemente padecen gripe estacional o un resfriado común. Y la deliberación es fundamental en un Estado de Derecho; pero siempre que no se negocien los principios de nuestra convivencia y que no se comprometan los criterios técnicos elementales. En definitiva, las tres perspectivas expuestas son importantes y desafían un campo de verdad. Se requiere, por tanto, mente abierta para integrarlas.

Si desea seguir leyendo sobre los aspectos psicológicos en el abordaje de la crisis del ébola síganos, continuaremos hablando sobre ello en el próximo post.

Autor

Loyola And News

Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía

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