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Durante mi intervención en el conferencia "Antropología del desarrollo y ecología integral en el buen vivir", celebrada en la Universidad Miguel de Cervantes.

Antropología del desarrollo, ética social y ecología

En mi viaje académico y semana inolvidable en el querido Santiago-Chile, una bella experiencia con mis actividades de docencia en diversas universidades chilenas y católicas, realicé la conferencia inaugural del congreso internacional de humanismo cristiano: «Antropología del desarrollo y ecología integral en el buen vivir».

Fue en la Universidad Miguel de Cervantes. En este artículo, expongo y profundizo apuntes o tesis sobre estas cuestiones tan importantes e imprescindibles del pensamiento social y la ética, de la teología y moral como es la doctrina social de la iglesia (DSI).

Y es que las realidades del desarrollo y la ecología se han convertido en claves que sintetizan todo este pensamiento social, moral y la DSI que tienen su base en la antropología. Cuando no se tiene una adecuada fundamentación antropológica, como sucede hoy con la ideología del relativismo e individualismo liberal, las cosas con la economía y el mercado se convierten en ídolos que sacrifican la vida y dignidad sagrada e inviolable de las personas.

La trascendencia y el sujeto (subjetividad) del ser humano con su vida digna, derechos y protagonismo han de orientar las realidades sociales, políticas y económicas que deben servir a las necesidades, capacidades y desarrollo humano solidario e integral de la persona.

Este desarrollo se asienta en una antropología global, que abarca todas las dimensiones constitutivas de la persona, y universal incluyendo a todos los seres humanos en un auténtico progreso de los pueblos.

Frente al materialismo economicista del liberalismo con el capitalismo o del comunismo colectivista (colectivismo), no basta con el crecimiento económico y la productividad en las ansias del lucro, sino que el desarrollo humano integral supone e incluye todos los aspectos que conforman a la persona. Tales como lo moral, ético, social, antropológico, ecológico, metafísico, trascendente, espiritual y teologal.

La creación de la actividad económica está al servicio de las posibilidades y capacitación de todos los seres humanos en su perfección, madurez y desarrollo liberador e integral en donde los bienes de la tierra deben ser accesibles a toda la humanidad.

El poseer y el tener no han de imponerse sobre el ser persona y su vocación a la comunión fraterna con los otros, con la creación y con Dios, a la llamada de la vida ética y virtudes como la solidaridad que exigen la responsabilidad por el bien común. Tal como sucede hoy, es inhumano e inmoral un desarrollo que esté basado en el enriquecimiento de unos pocos a costa del sufrimiento, desigualdad e injusticia que padece la mayor parte de la humanidad, de los pueblos y de los pobres.

Valores del pensamiento social, ética y DSI

El pensamiento social, la ética y la DSI nos transmiten unos valores y principios que dan un verdadero significado al progreso de los pueblos, a un auténtico desarrollo para toda la humanidad.

La economía ha de basarse en el destino universal de los bienes, la justicia distribución de los recursos, que tiene la prioridad sobre la propiedad. De esta forma, se hace realidad, a la vez, ese inherente carácter personal y social de la propiedad, que asegura este destino común y equidad en el reparto de los bienes, de los recursos para todo ser humano sin privilegios ni exclusión de ningún tipo.

La economía y el mercado deben estar regulados por la comunidad política con el principio de subsidiariedad, por el que la sociedad civil con el estado gestionan la vida pública en el bien común. Lo cual desarrolla todas las condiciones sociales, materiales, culturales, éticas y espirituales que aseguran los derechos humanos, la perfección de la persona y el desarrollo integral.

En oposición al fundamentalismo e idolatría del mercado que, con su individualismo posesivo e insolidario, manipula la libertad económica y humana. La libertad real busca el bien común, que realiza la inherente sociabilidad y ética solidaria de las personas en la responsabilidad moral por la justicia social, la civilización del amor y el bien más universal.

Otro principio del desarrollo es que el trabajo, el sujeto de la persona trabajadora con su vida digna, está por encima del capital, del beneficio y la ganancia. En esta línea, el trabajo tiene como clave el pago de un salario justo, que responda a las necesidades del trabajador y su familia.

No basta el contrato mercantil y legal de trabajo, que para ser justo debe conformarse con la ética del bien común y de la justicia. En donde el trabajador reciba este salario justo con unas condiciones laborales humanizadoras, que hagan posible la conciliación de vida familiar con la actividad del trabajo.

La empresa ha de ser una comunidad humana, en una economía social (civil) y cooperativa con el don. Por tanto, los trabajadores son gestores, protagonistas y dueños de la propiedad y del destino de la empresa para una efectiva ética empresarial, que cumpla con su responsabilidad social corporativa.

En el desarrollo, es vital pasar de la injusta economía financiera especulativa y usurera, esa financiarización de la economía que la convierte en una especie de casino, a una economía real que sirva al trabajo, a la empresa ética y al bien común.

Erradicando esos créditos e intereses abusivos e injustos, que deben convertirse en una banca ética y un sistema financiero justo, haciendo posible el destino universal de los bienes y el trabajo decente.

En este sentido, es esencial el comercio justo y responsable, en un intercambio de los bienes con equidad, guiando al sistema comercial, para todos los pueblos y de forma sostenible. Lo que, en muy buena medida, tiene su entraña en la civilización solidaria de la pobreza.

Esto es, la comunión de vida, de bienes y de luchas por la justicia con los pobres de la tierra en contra de las idolatrías de la riqueza-ser rico, del poseer, del propietarismo, del consumismo y del tener que con la codicia esclavizan al ser y destruyen esa casa común que es nuestro planeta tierra.

Tal como se observa, la DSI nos muestra el desarrollo humano e sostenible con una ecología integral, que asume el grito de los pobres y el clamor de la tierra, con esa comunión con los otros, con la creación y con Dios.

La ecología humana con  el cuidado y protección de la vida en todas sus fases (desde el inicio con la fecundación) y dimensiones, de la familia conformada por el amor fiel del hombre con la mujer abiertos a la vida con los hijos, la solidaridad y al bien común. La ecología social, que impulse esta justicia con los pobres como sujetos de su promoción liberadora e integral.

La ecología psico-afectiva y ética que desarrolla los sentimientos, como la empatía compasiva ante el sufrimiento e injusticia de los otros y de los pobres, sustentada en la experiencia de la misericordia.

Esta inteligencia del corazón con el amor que vive y pone en práctica todos estos principios con los valores morales, que nos constituyen como humanos; en el compromiso por la fraternidad solidaria y la justicia liberadora con los pobres que nos da sentido, realización, felicidad y libertad verdadera en esta responsabilidad humanizadora y ética.

Esta vida afectiva, feliz y moral se enraíza y trasciende en la ecología espiritual. Llevando a cabo la experiencia mística de la comunión con Dios, que nos regala la belleza de toda esta existencia realizada con sentido que, en el amor que promueve la justicia, culmina en la vida plena-eterna.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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