La Compañía de Jesús y la Universidad Loyola Andalucía

Por el 29 enero 2016
Discurso acto académico Santo Tomás
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Discurso del presidente de la Fundación Universidad Loyola Andalucía, Ildefonso Camacho SJ con motivo de la celebración de Santo Tomás de Aquino. 

Córdoba, Teatro Góngora, 28 de enero de 2016

Hemos comenzado este acto con una sencilla ceremonia de reconocimiento a quienes han sido nombrados recientemente por el patronato de la Fundación Universidad Loyola Andalucía para desempeñar los cargos de máxima responsabilidad en nuestra institución.

Esa sencillez de la ceremonia no debe hacernos ignorar la trascendencia de este encargo: repiten los cuatro para liderar este segundo cuatrienio de un proyecto que está naciendo y que está poniendo los cimientos para una universidad llamada a tener una larga y fecunda existencia. En nombre del patronato, al que en este momento represento, quiero reiteraros a los cuatro nuestra confianza en vuestra gestión y agradeceros vuestra entrega incondicional a este proyecto. (1) 

Me consta además que vosotros, todos los que formáis esta comunidad universitaria, compartís estos sentimientos míos y estáis dispuestos a colaborar generosamente con ellos. Me ilusiona también haber podido constatar que formáis una comunidad de personas a quienes este proyecto entusiasma: en ese sentido sois el principal activo de esta universidad y la mayor palanca para nuestra confianza en el futuro.

Yo he tenido el privilegio de seguir este proyecto muy de cerca desde sus comienzos, desde su prehistoria incluso. Es la misión que me encomendó la Compañía de Jesús, a la que he procurado servir y para lo que he contado siempre con vuestra ayuda.

Mi presencia aquí visibiliza que es la Compañía de Jesús la que está detrás de esta universidad. Lo importante no es que sea yo. Mañana lo será otra persona. Lo relevante es que la Compañía de Jesús está detrás de la Universidad Loyola Andalucía.

Ildefonso Camacho S.J. durante su intervención en el Acto de Santo Tomás de Aquino.

Ildefonso Camacho S.J. durante su intervención en el Acto de Santo Tomás de Aquino.

¿Qué significa este “estar detrás”? Por lo pronto, que esta universidad no existiría, como tampoco hubiera existido la institución de ETEA que la precedió, sin la Compañía. Y es que ésta creyó y sigue creyendo que la presencia en el mundo universitario es decisiva para una institución que quiere hacer presente la fe cristiana y su concepción de la persona humana y de la sociedad en esos lugares de nuestro mundo que hemos dado en llamar “fronteras”.

Ahora bien, las fronteras no suelen ser lugares confortables: son encrucijadas donde se encuentran realidades en principio distintas, y hasta contrapuestas, cuando no abiertamente enfrentadas. Son lugares donde las mediaciones son necesarias −todo el trabajo que una universidad desarrolla lo sería−, y además no siempre con la transparencia o la evidencia que desearíamos. En las fronteras se suele vivir con una dosis de ambigüedad, que no siempre es comprendida ni siquiera por los que están en ellas.

Santo Tomás y la Universidad

En esta frontera que es la universidad se encuentran el mundo de la ciencia y el mundo de la fe. Y es oportuno que recordemos esto en la fiesta de Santo Tomás para que la celebremos comprendiendo su más hondo sentido. Santo Tomás fue una de las figuras más relevantes de la Universidad de París, precisamente la principal universidad en el siglo en que el santo vivió, el siglo XIII. Entonces estaba la universidad casi recién nacida como evolución de las escuelas catedralicias y de las primeras escuelas cristianas establecidas a imagen de las escuelas filosóficas clásicas.

Ya sabemos que aquellas universidades primeras tenían cuatro facultades: teología, artes (gramática, retórica, dialéctica), derecho y ciencias. En esta concentración de todo el saber de entonces la teología ocupaba un lugar esencial. Pero no fue un lugar definitivamente adquirido, porque la teología tuvo que abrirse cada vez más a la autonomía de la razón y de las otras ciencias de su tiempo, así como ajustar su epistemología a las nuevas exigencias de la ciencia que derivaban del redescubrimiento de Aristóteles (la logica nova).

Precisamente en este encuentro entre el saber teológico derivado de la fe y el saber procedente de Aristóteles fue donde Santo Tomás destacó, mostrando que el encuentro entre la ciencia y la fe sistematizada en la teología es, no sólo posible, sino además fecundo.

Santo Tomás y lo que él representa deben ser un estímulo para nosotros hoy. Pero este reconocimiento de quien vivió en un ya lejano siglo XIII, no nos puede ocultar que en los siglos posteriores el distanciamiento entre ciencia y fe fue creciendo hasta producirse desencuentros clamorosos. Y sorprende que todavía hoy se mire a ese universo que representa la concepción cristiana de la persona y de la sociedad, cuya última inspiración está en la revelación de Dios, como algo que no tiene cabida en el mundo de la ciencia que la universidad representa.

Hay que reconocer que radicalizaciones de una parte y otra no han faltado en el pasado, ni faltan en estos momentos, y que toda esa historia es un lastre que sigue entorpeciendo el diálogo y el reencuentro hoy.

Es claro, entonces, que ese es uno de nuestros retos hoy, el reto más propio para una universidad de frontera inspirada por la Compañía de Jesús. Eso es lo que quiere expresar aquella declaración de la Congregación General 34 de la Compañía en 1995, de que las universidades jesuitas deben articular y armonizar el substantivo universidad y el adjetivo jesuita. Universidad representa el mundo de la ciencia; jesuita, el mundo de la fe.

Pero no como dos mundos yuxtapuestos e incomunicados. La vida de cada día nos muestra que armonizar esta doble aspiración se traduce muchas veces en paradojas y contradicciones, que vivimos con insatisfacción y rebeldía. Estoy convencido que es en estas tensiones donde más necesitamos de la ayuda y el apoyo mutuos.

Porque, si la universidad quiere hacer honor a su nombre y a su origen, tiene que incorporar también a su saber universal la visión que aporta la religión y el cristianismo, y verificar cómo la enriquece al tiempo que la cuestiona: que la enriquece porque la cuestiona. Igualmente la fe tiene que estar abierta a la interpelación que le viene de la racionalidad científica, y que puede ayudarle a controlar sus excesos así como a cuestionar sus mitificaciones.

Más aún, esta síntesis, que tradicionalmente hemos aplicado al ámbito del saber, tenemos que llevarlo también a la vida de cada día, inspirando con los valores evangélicos nuestra docencia y sus métodos, nuestra investigación y sus temas, nuestra gestión a todos los niveles.

La Universidad Loyola Andalucía es distinta

Esto es lo que la Compañía de Jesús desea de la Universidad Loyola Andalucía, y con esa ilusión promovió su constitución, a pesar de que los tiempos no eran quizás los más propicios ni todos veían con buenos ojos poner en marcha un nuevo proyecto de esta envergadura.

¿Qué podemos, qué podéis esperar de la Compañía de Jesús en este momento y con este horizonte? Me atrevería a resumirlo en dos palabras: ayuda y exigencia.

La ayuda no va a consistir –me temo− en el envío de muchos jesuitas, como sería de desear. Consistirá más bien en poner a nuestra disposición una tradición, un estilo, una red de instituciones de alcance mundial que se mueven en el mismo horizonte. Pero para que todo ello nos ayude no basta con que exista: tiene que ser conocido, valorado y asimilado por todos nosotros. Y ese es un reto añadido para una universidad tan joven como la nuestra y donde tantas personas se están incorporando en estos primeros años.

Pero no sólo ayuda. También exigencia. La Universidad Loyola Andalucía no es una universidad más. Quitemos de esa afirmación todo lo que pueda sonar a prepotencia o a sentirnos superiores. Pero es evidente que pretendemos ser una universidad distinta, que aporte ese algo de específico, que no pocas veces hemos visto sintetizar en el llamado paradigma Ledesma-Kolvenbach: utilitas, humanitas, iustitia, fides.

Hemos oído hablar muchas veces de él. Sólo me gustaría precisar ahora que este paradigma, originariamente pensado para la enseñanza (porque ésta era la función primordial de una universidad en tiempos de Ignacio de Loyola, o de un colegio, como se los solía llamar), nosotros lo tenemos que proyectar a toda la actividad universitaria: concretamente también a la investigación y a la proyección social.

Esto exige dedicación de recursos: de recursos económicos, por supuesto; pero también de personas, de tiempo en la actividad de las personas y, sobre todo, de reconocimiento institucional.

Y tiene además exigencias para nosotros. Porque todo ello no sería posible si no lo hacemos nuestro personalmente. Muchas veces hablamos de la carrera profesional y académica de  nuestro personal. Pues bien, en esa carrera tendríamos que incluir también la progresiva asimilación del paradigma Ledesma-Kolvenbach, que cabe resumir como una decidida apuesta por la persona humana integral.

¿No tendría que ser esto algo que nos distinguiera de las tendencias que dominan en nuestro mundo y que contagian y empobrecen a la universidad de hoy? Pensemos no sólo en un individuo altamente especializado casi obsesionado por sobrevivir en un mundo competitivo y hostil. Pensemos también en una persona que desarrolla todas sus dimensiones, abierta a la colaboración con otros, a los problemas del otro y también a ese Otro con mayúscula que es para muchos sentido último de la existencia.

Y no queremos ignorar que en nuestra sociedad esta dimensión de fides es especialmente problemática: pero es una razón más para no soslayarla. Si para muchos la referencia a la trascendencia es sólo expresión de búsqueda, o de una pregunta que no encuentra respuesta, o simplemente de una ausencia, en la cosmovisión cristiana que nos inspira es la clave de bóveda de todo el edificio, que siempre queremos ofrecer aunque en ningún caso pretendemos imponer. Pero al ofrecerlo en un contexto tan secular como el nuestro, ojalá acertemos a mostrar que la fides humaniza a las personas y a la sociedad y que es una buena noticia para todos, también en el ámbito universitario.

Voy a terminar. La Compañía de Jesús, a la que yo represento institucionalmente en la Universidad, quiere ser para vosotros una ayuda y una exigencia. Mi presencia aquí tiene ese sentido. Permitidme que termine agradeciéndoos vuestro compromiso con la Universidad Loyola Andalucía. No sois pocos los que estáis aquí habiendo renunciado a estar en otro sitio. Ojalá no os defraudemos.

Comprendo que estar en un universidad inspirada por la Compañía supone una carga añadida, pero la experiencia nos va mostrando que es una carga que se traduce en beneficio para todos. Todos tenemos que agradecérnoslo a todos. Y no quiero ser yo el último en hacerlo, personalmente y en nombre de la Compañía. Lo hago en la fiesta de Santo Tomás, un santo lejano en el tiempo pero cercano por sus aspiraciones. Que esta celebración académica nos ayude a renovar nuestro compromiso como Universidad Loyola Andalucía.

¡Muchas gracias!

(1) Este texto inicial hace referencia a la reciente renovación del Rector, Gabriel Pérez Alcalá, los vicerrectores, Carlos García Alonso y Francisco Martínez Estudillo y el secretario general Pedro Pablo Pérez Hernández, para un nuevo mandato por el Patronato de la Fundación Universidad Loyola Andalucía

Idelfonso Camacho S.J.

Idelfonso Camacho S.J.

Presidente de la Fundación Universidad Loyola Andalucía

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